domingo, enero 26, 2014

Ayer por la mañana me decidí. Ahora que tengo una bicicleta con ayuda eléctrica, me fui a Sevilla. Abrigadito, que hace frío.

http://runkeeper.com/user/727928558/activity/296511928 
(corta y pega en el navegador para ver la ruta, seguro que se puede hacer de otro modo, pero no lo he encontrado aún).


Ángel abrigado y con escarcha en el bigote
Desde hace tiempo tenía ganas de ver cómo se llega a Sevilla por el camino de la Pablo de Olavide. Sale desde el Puente del Dragón, y corre al lado del río. Hasta llegar al canal (un canal, no sé), que cruzas por arriba y lo sigues hasta la Universidad por la derecha.

Pensé en ir haciendo fotos, una por cada kilómetro. O cada vez que viera algo interesante, a modo de guía para el que quiera hacer el camino. Pero el contactor del motor, que ya se estropeó y pensé haber arreglado definitivamente me dijo, cerca de la UPO, que nanai de la China, que seguía sin funcionar.

El Guadaira por la mañana. 

Los cinamomos.
Salí por el IES Albero, y allí me acordé de poner en marcha el RunKeeper en el teléfono. Me gustan las mañanas frías, con la medio niebla del sol que empieza a calentar el rocío mañanero. El invierno hace que los colores vayan cambiando y nos sorprende con los matices de los cinamomos sin hojas, pero con sus ¿frutos? ¿bayas? ¿semillas? colgando en esplendor.



Una vez puesto en marcha RunKeeper, falta por coger satélites el GPS del teléfono. Paciencia.

Ya metido en el camino hacia el Puente del Dragón, y con la bici haciendo un trabajo fantástico, el GPS coge satélites y empieza a grabarse el trayecto.
No me acostumbro al ojo vigilante del Dragón, condenado a mirar a la princesa Aíra por la eternidad.
 En el puente bajo por la izquierda y me meto por el carril. Está todo muy bonito, sus bancos, sus árboles, sus baches, sus charcos, sus ramajos por todas partes. Probablemente se trata de que nadie se pone de acuerdo en a quién le toca cuidarlo. Seguro que pronto estará hecho todo un verdadero fietspad...


El castillo. Parece algo. Como si siguiera vivo.


En el cartel, con un poco de suerte, se puede ver el camino. 
 El problema con el cartel es que no te puedes acercar a él. Está todo lleno de fango, como en el chiste del lepero y la discoteca. Además no me concuerdan los números de mis múltiples instrumentos con los del cartel. Pero ayuda tener una visual previa de a qué te enfrentas.


Mi bici, una Wayscral 300, fruto de trueque.

La bici es una bicicleta eléctrica china. Lo menos que se despacha en tecnología. Baterías de plomo (10Kg.), bastidor de acero, seis velocidades Shimano del siglo pasado o del anterior. Pero funciona increíblemente bien (cuando funciona) el nivel uno de empuje es para que se te pongan las piernas fuertes, el dos empuja y el tres da caña. En las subidas hay que dar pedales con ganas. Hay que tener en cuenta que somos los cuarenta y cinco kilos de bici, con todos sus rozamientos (gomas gordas, frenos que no hay quien ajuste del todo, la postura elevada, entre otras cosas) y los cien kilos del ciclista, más el candado, las luces, la cesta, etc... Cuatro ciclistas del Tour, en resumen.

Pero tiene a su favor que es resistente como nada. Buen acero. Y que la postura de pedaleo es magnífica para mi espalda. Voy completamente erguido, con lo que, aunque no hago tanto fuerza como si fuera agachado, puedo pedalear durante más tiempo y disfrutar del paseo, en vez de ir pensando en cuándo leches se va a acabar la tortura.

 El camino, con las lluvias y el descuido es propio para lo que va por él. Para bicicletas de montaña con gente superpreparada y con equipaciones fantásticas.

Algunos se preguntan que cómo es posible que una bicicleta de paseo, con pinta de tanque ruso, pueda seguirles el paso con toda calma.

La teoría del supermán se derrumba cuando ven la batería y el motor. O cuando escuchan el zumbido de éste.

Y ya cada uno tiene su reacción. Con Quevedo afirmo que "ande yo caliente y ríase la gente". Disfruto como un niño. Ir en bicicleta siempre me ha gustado. Ahora vuelvo a poder. Cuando me vuelva a poner en forma, a lo mejor pienso en buscar una bicicleta (con la misma postura) más ligera, con más cambios, mejores frenos y ¡menos peso! Pero a lo mejor no. Se va de lujo.


El sol sale y va calentando. Me quito el polar, porque empiezo a sudar y prefiero tener algo con que taparme cuando me pare.

RunKeeper me da el ritmo medio. Menos de seis minutos por kilómetro. Teniendo en cuenta que me voy parando a hacer fotos y que voy de lo más tranquilo, sin pasar de los quince kilómetros por hora, me parecde un buen ritmo.


La SE 40.
 Sube mucha gente desde Sevilla. Bajar bajan menos.

Ahora, como curiosidad. No me encuentro a ninguna mujer, ni joven ni mayor, hasta casi llegar a la UPO. Se ve que el sábado por la mañana sigue siendo masculino. No parece que la emancipación de la mujer o las tareas compartidas haya llegado a estas familias. O a lo mejor es que no les gusta montar en bicicleta...

Por favor, en el comentario anterior nótese la ironía, por si acaso.

Contrasta la obra impresionante de la SE40 con el barro y los baches del camino de las bicicletas.

¿Veré terminada la SE40?



 El puente-canal por el que hay que pasar para cruzar el río hacia la margen izquierda y coger la orilla del canal.

Por aquí empezaron los conectores a dar la lata. La bici se apaga, la bici se enciende, subir una cuesta, por pequeñita que sea es una duda (a pedal puro, me empujará el motor o se quedará a mitad) Se queda a mitad, siempre.

La rodilla izquierda me duele. Lo de dar pedal no va con ella, protesta, se queja, hacer ruidos. Me lo tomo con calma. Hago la última foto, no tengo cabeza para ello.

La UPO. desde aquí, a empujar los cuarenta kilos de bicicleta.

A partir de aquí, me voy a la tienda de QuiqueCicle, a comprar un caballete de dos patas para la bicicleta y un candado. Me acerco también a una ferretería, a comprar lo necesario para arreglar el conector. 
Y de allí a Sevilla Este, a ver a mi Fati en la pelu, cargar la batería y empalmar en condiciones los cables, quitando el conector, que no sirve más que para dar la lata. Cuando cojo la avenida de las Ciencias para arriba, es la batería la que empieza a fallar. Son los contactos, que no hacen su trabajo, contactar. Los suplemento con unos trozos de cable de cobre y ¡milagro! la bicicleta no da más la lata hasta llegar a casa.

La vuelta, por la carretera, es fantástica. Me doy el lujo de adelantar a todo ciclista viviente (no había ningún pro, claro). 

Es curiosa la forma en que empuja el motor. A partir de los 23'5 Km/h, según mi cuentakilómetros, deja de empujar. Cuando baja, sigue empujando. Con lo cual, en llano o en subida poco fuerte, ésa es la velocidad de crucero sin darle fuerte a los pedales. Suficiente para mí.