Algunas de las razones que dan para pensar que un niño que termina infantil sin saber leer y escribir lo tiene que atender el EOE, o poco menos.
Es que los padres nos lo demandan.
Es que si un niño puede, no se lo vamos a negar.
Es que las fichas de los libros y los métodos nos lo piden.
Es que son tan monos y se ponen tan contentos...
Y así ad nauseam.
Veamos. Primero la norma: la norma únicamente exige que se le proporcione a los niños una primera aproximación a la lectoescritura. En ningún sitio, salvo en el credo del que piensa que la educación formal es una carrera de cochecitos, se dice que un niño de cinco años tenga que saber leer, escribir o las cifras, sumar, y los reyes godos.
Aunque éste debería ser argumento suficiente, no lo es. No lo es por dos razones principales y que no voy a explicar de manera exhaustiva. Ni ganas. La primera es la dramática rebeldía del funcionario docente ante la norma. Rebeldía que se manifiesta, claramente, en que pasa de conocerla. La segunda apoya , fundamenta y aclara la primera en parte. ¿Cómo va el funcionario español llegar a respetar una normativa que se hace sin contar con él, a sus espaldas, al capricho del mandatario - que no gobernante - de turno, a lomos de ola de la moda, sin dinero con la que aplicarla?
Si los padres lo piden, ahí estamos nosotros, los profesionales, para decirles que los que sabemos de esto somos nosotros. Que dejen de comparar a unos niños con otros, que cada niño es un mundo y que no por mucho correr amanece más temprano. Que los niños a partir de cuarto, de tercero, pagan la presión por ser lectores y escritores tempranos con faltas de ortografía, incapacidad expresiva y odio a la letra.
Si un niño lo pide, no se lo niegues. Ni lo fuerces. Que los niños aprenden a leer cuando les llega el momento, hasta en contra del maestro. Sugiere, busca, dale. Pero no lo pongas de ejemplo, no lo hagas un triunfador prematuro de una vida que ya tendrá tiempo de ser carrera. Tanto que se nos llena la boca con la infancia feliz. Dejadlos ser felices. Protejamos al que aprende a leer prácticamente solo y al que ya leerá. Aquí recordar que esa despreciada norma nos dice que hasta final de segundo hay tiempo. Seamos tortugas, no liebres. Y a la tortuga de carreras, ancho campo.
¿Que los métodos nos lo piden? A la m...a con ellos. ¡Cómo no hay cosas que hacer en una clase de infantil que no necesita de textos escritos por gente que no ha pisado nunca NUESTRA clase!
¿Que se ponen contentos? Claro, por supuesto, faltaría más, hasta ahí podríamos llegar. El niño está cumpliendo las expectativas de sus adultos de referencia. De su maestro y de sus padres. Sabe que es lo que más se le valora. No importa que coja el lápiz como un mango de azada. No importa si lo ha hecho mientras con la otra mano torturaba al de al lado. Lo que importa es que en esas líneas quebradas se adivina que pone MARIA. Aunque pobrecilla si pone MARAI. ¡La dislexia acecha!
Y también está la náusea del maestro que le gusta el primero de primaria. Y que se encuentra con niños que leer, digamos que saben, escribir y cuentas, digamos que saben. Pero que va a luchar hasta desesperarse con niños que lo de sentarse, regular; lo de escuchar, regular; lo de hablar, regular; lo de la autonomía personal, regular; levantarse a hacer pipí, uno por minuto; respetar el material, cero. Correr, jugar, sonreír, organizarse, respetar al diferente, colaborar, sentirse parte de un grupo, regular.
Pero hay otros argumentos. No soy psicólogo, por lo que no voy a dar argumentos psicológicos, aunque haberlos haylos.
Lo que soy es maestro. Y después de más de treinta años de profesión, en los que he pasado por todos los puestos y he dado clase a niños de toda edad, voy a hablar como maestro de primero de primaria, de EGB o como quiera llamarlo el mandamás de turno. Vamos, de maestro de los que teníamos que enseñar a leer y escribir, los números, las formas geométricas, las primeras cuentas. Y también, que lo de los parvulitos no estaba tan extendido como ahora las escuelas infantiles, a sentarse, a escuchar, a respetar el turno de palabra, a coger el lápiz, a soltar el biberón, a abrir el cuaderno. A estar en clase y que lo negro eran las letras y el blanco de la página tenia que estar lo más limpio posible.
No había fotocopiadoras. Ni fichas. Bendita fue su ausencia.
Ahora los niños pasan tres años aprendiendo de todo. ¿O no?
Aprenden a escribir su nombre pero, ¿cogen bien el lápiz? ¿Siguen una línea? Una maestra abogaba delante mía por no enseñar la letra escrita unida. Que las escriban sueltas, decía. Me sentí caer bajo el peso del desconcierto. Si no manejas tu escritura siquiera, ¿cómo manejarás el muy complejo tablero de autoCAD en tres dimensiones que es la vida? No supe qué responder. Me pudo el desconcierto.
Aprenden con Pipo pero, ¿han sembrado en el huerto?
Hacen fichas y fichas. Cientos de ellas pero, ¿se sientan correctamente? Comparten el trabajo o viven en soledad compartida en clase?
Y otros muchos interrogantes que me llevaré a casa cuando no vaya al cole.
Menos mal que nos queda la asamblea de la mañana.















